La nueva mejor amiga, también, de los mediocres. Reflexiones en tiempos de IA y de sistemas de salud saturados

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Enero 2026
La nueva mejor amiga, también, de los mediocres. Reflexiones en tiempos de IA y de sistemas de salud saturados



 

 

 

 

Es innegable: la inteligencia artificial supone ya una revolución tecnológica. Nadie en su sano juicio lo discutiría. Pero esta certeza esconde una verdad mucho más incómoda, de la que casi nadie habla: la IA es la herramienta perfecta para los mediocres.

Su éxito no reside únicamente en su capacidad para producir genialidades. En un plano paralelo, no contrario, sino complementario, emerge otra realidad: su habilidad para satisfacer a la mayoría. Esa mayoría conformista, perezosa, simple… y, por desgracia, aplastadora mayoría. La IA florece en el ecosistema natural de lo mediocre: la zona del “cumplir”, del “con que funcione, basta”, del “dame algo, lo que sea, pero dámelo ya”: textos suficientes, imágenes bonitas, ideas previsibles; justo lo necesario para rellenar la agenda, entregar el informe o colgar el post diario. Lo justo para pasar el día.

¿Cómo no iba a triunfar?

ChatGPT y sus hermanos son corteses por diseño, halagadores en su conversación y complacientes hasta la exageración. Nunca contradicen, nunca pierden la paciencia, siempre parecen interesados en cualquier ocurrencia. Para millones de personas, es la primera vez que alguien o algo les responde con tanta atención, aunque lo que digan sea irrelevante. Y eso engancha. La IA se convierte en el primer interlocutor que no juzga, no aburre y, por supuesto, no ignora: un espejo que devuelve una versión amable e incluso mejorada de uno mismo.

La sensación no es nueva. Es, en esencia, la misma que trajo la última gran revolución: las redes sociales. ¿Te suena? Recompensa instantánea, validación barata, exhibición sin fricción. La IA es simplemente el siguiente paso. Los mismos que se dejaron seducir por el scroll infinito son ahora sus evangelistas más ruidosos. La adicción es idéntica; solo ha cambiado el dealer.

La culpa, como siempre, no es de la herramienta, sino de quien la usa. La IA puede ser tan exigente, profunda y brillante como uno quiera, pero la mayoría nunca sabrá jugar con ella. Funciones como el modo de estudio, las conversaciones ramificadas o las instrucciones personalizadas están diseñadas para profundizar, para convertir un diálogo en un proceso intelectual. Pero quien no sabe nutrir una conversación real, quien no sabe preguntar, repreguntar, desafiar o argumentar en una tertulia, en una reunión o en un proceso reflexivo interno, tampoco pasará de la superficie en estas plataformas.

De modo que dejemos aquí abierto este melón. Cómo cuestionamos y solucionamos esta ola Inexorable y colectiva que convierte lo mediocre en aceptable, lo correcto en brillante y lo estándar en milagroso. Porque lo que hoy podríamos celebrar como mejora de la creatividad podría, en realidad, resultar un gigantesco simulacro donde lo sorprendente no es más que la media estadística disfrazada de genialidad.

Ok. Y ahora hablemos de salud.

¿Qué ocurre cuando esta realidad se traslada a esos entornos médicos cada vez más saturados donde la IA empieza a presentarse como solución milagrosa?

Porque si la IA es capaz de elevar lo mediocre hasta hacerlo pasar por brillante, ¿qué sucede cuando esa mediocridad encuentra su sitio en un sistema donde cada minuto es oro y cada decisión importa? En publicidad, la complacencia genera ruido; en medicina, puede generar riesgo. La tecnología promete aliviar la presión, pero en demasiados casos lo que ofrece es algo distinto: una pseudoprecisión que tranquiliza sin profundizar, un atajo cognitivo que reduce la carga mental pero también el pensamiento crítico.

La medicina no es un terreno para “lo suficiente”. No se basa en imágenes bonitas ni en textos correctos, sino en criterio, discernimiento y duda metódica. Sin embargo, en un sistema agotado, es tentador delegar en una herramienta que responde rápido, siempre segura de sí misma y capaz de generar un diagnóstico “plausible” en un instante. Y aquí reside el verdadero peligro: que la IA acabe reforzando esa cultura del “con que funcione, basta” justo en el único ámbito donde la mediocridad no es solo un error, sino una amenaza.

Y por eso, en medio de esta avalancha tecnológica, conviene recordar algo esencial: seguimos confiando en nuestros médicos.

Confiamos en su criterio cuando la estadística duda.

Confiamos en su rigor cuando la máquina solo acierta por promedio.

Confiamos en su capacidad intelectual para leer lo invisible: un gesto, una intuición, una excepción que ningún algoritmo sabrá detectar.

La medicina, la de verdad, no es complaciente ni automática. Exige mirar más allá del dato, sostener la duda, desafiar el síntoma y, a veces, incluso la evidencia. Exige carácter, oficio y una ética que ninguna inteligencia artificial puede simular.

En un mundo que se deslumbra con lo funcional, lo rápido y lo estadísticamente correcto, los profesionales de la salud representan justamente lo contrario: la resistencia a la mediocridad, la defensa del pensamiento profundo, la apuesta valiente por la precisión humana.

Quizá ese sea el verdadero mensaje en esta era de algoritmos: la tecnología puede asistir, agilizar, acompañar… pero no sustituir la mirada crítica de quienes dedican su vida a entender la complejidad humana.

Porque mientras la IA genera respuestas, ellos generan criterio. Y ese, incluso en el futuro más automatizado, seguirá siendo nuestro mayor acto de confianza.


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