Llegó la IA y lo cambió todo, literalmente

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Joaquín Ríos. AI Lead. NutriMed Clinical Nutrition.

Llegó la IA y lo cambió todo, literalmente

Hoy

Hay días silenciosos que, sin embargo, cambian nuestro rumbo. El mío comenzó en una farmacia. Un mostrador blanco, olor a alcohol y crema de manos, cajas ordenadas y, al otro lado, personas con prisas y preguntas. En aquel pequeño mundo aprendí lo que hoy sigo considerando el principio de todo: escuchar. Escuchar para entender qué duele, qué preocupa, qué se necesita realmente. No había inteligencia artificial en esa escena; ni siquiera la imaginábamos. Solo había paciencia, cercanía y un sentido simple de servicio.

Con el tiempo, la falta de proyectos a largo plazo me empujó a dejar la farmacia y tomar otro camino. Cambié el mostrador por los pasillos de hospitales y consultas. Aprendí a hablar con médicos que no buscan charlas interminables, sino claridad en diez minutos. Preparaba cada visita como quien prepara una clase: con foco, respeto por el tiempo ajeno y una pregunta siempre latente: "¿Cómo puedo aportar algo verdaderamente útil?". En paralelo, por pura inquietud personal, ya llevaba tiempo creando podcasts sobre tecnología. Grababa de noche, editaba cuando podía, y junto a los amigos con quienes los hacía —y sigo haciendo—, improvisábamos el camino. No existía ningún plan maestro; solo curiosidad y ganas de aprender.

Y entonces, de repente, la inteligencia artificial apareció al alcance de todos. Lo recuerdo claramente por lo poco heroico del momento: buscábamos un logotipo para uno de los podcasts. Abrí una herramienta nueva, escribí cuatro frases y, en minutos, tenía varias propuestas decentes. Aquello iba más allá de los logos; era una sensación completamente distinta: la de tener una palanca a mano. Si una máquina podía eliminar el peso de comenzar —lo más difícil—, si podía ordenar mis ideas y darme un buen punto de partida, ¿qué ocurriría cuando el reto fuera organizar un mar de información, preparar una presentación compleja o comunicar un mensaje crucial para un profesional?

Ese día transformó mi perspectiva. No porque "la máquina lo hiciera todo", sino porque comprendí que podíamos pensar con ayuda, y eso, bien aprovechado, multiplica nuestras capacidades. Internet nos dio acceso a la información. La IA, además, nos ayuda a poner orden y a llegar antes a lo importante. Donde antes nos atascábamos horas frente a la hoja en blanco, ahora damos el primer paso en minutos. Ese primer paso no es el final; es el comienzo de un trabajo mejor.

Desde entonces he observado algo conmovedor: la IA no es solo rapidez; es claridad. Te obliga a formular mejores preguntas. Te enseña a distinguir lo que suma de lo que distrae. Te ofrece un borrador que, aunque imperfecto, te permite decidir. Y decidir, en nuestro día a día, lo cambia casi todo: qué decir, cómo decirlo, a quién, en qué orden. Decidir qué omitir. Decidir dónde invertir nuestra energía.

No hablo de milagros. Hablo del trabajo cotidiano que de pronto se vuelve más ligero. Preparar un texto extenso es menos laborioso porque ya no partes de cero. Crear una presentación es más sencillo porque la estructura inicial surge sola y tú te concentras en el contenido. Comparar opciones ya no significa luchar con una tabla en blanco; es elegir con criterio entre alternativas razonables. Y cuando el tiempo deja de consumirse en tareas iniciales, aparece lo que realmente echábamos de menos: pensar con calma.

Hay otro aspecto que me entusiasma: la capacidad de ver patrones antes invisibles. No necesitamos grandes laboratorios llenos de pantallas. A veces, basta revisar preguntas repetidas y descubrir que casi siempre tropiezan en el mismo punto. O analizar varios materiales y entender por qué unos ayudan mientras otros confunden. Esta imagen más nítida del presente no predice el futuro, pero evita perderse. Y en salud, evitar la confusión es un primer acto de cuidado.

Con todo, hay algo innegociable para mí. En este campo, la velocidad no puede atropellar la verdad. La IA nos ahorra tiempo, sí. Nos ayuda a aclarar, sí. Pero no decide por nosotros. En cuestiones de salud, la última palabra pertenece a las personas cualificadas, al criterio profesional, a las normas que protegen a todos. Si una herramienta sugiere algo dudoso, se detiene, se verifica y, si no es adecuado, se descarta. Prefiero llegar un día tarde que llegar confundiendo. Este es el pacto que me tranquiliza: usar la herramienta para acelerar lo que ya funcionaba bien, no para encubrir deficiencias.

Reflexiono también sobre el lenguaje. La IA puede generar frases elegantes, pero el valor reside en la claridad. Lo aprendí en la farmacia: si lo entiendo yo, lo entiende cualquiera; si no lo entiendo, no sirve. Hoy mantengo esa regla. Nada de palabras intimidantes. Nada de adornos vacíos. La herramienta no nos exime de la responsabilidad de ser sencillos y veraces.

En este recorrido he descubierto que las resistencias no se superan con discursos grandilocuentes. Se vencen con pequeñas victorias. Cuando un equipo comprueba que ha ahorrado dos horas porque ya no empieza de cero, no necesita más argumentos. Cuando alguien recibe un material que finalmente explica lo que quería transmitir, no pregunta qué modelo hay detrás. La herramienta se vuelve invisible; permanece lo útil. Y ese es un buen indicio: que la atención deja de centrarse en la novedad y se fija en el servicio.

A veces me preguntan cuándo "me convertí" en responsable de todo esto. La respuesta sincera es que no hubo un momento mágico. Hubo años de curiosidad, experimentación, errores y algunos aciertos. Hubo, principalmente, personas que confiaron en mí. Aquí quiero detenerme para expresar mi gratitud. Mi laboratorio me dio la oportunidad de combinar mi pasión por la tecnología con un trabajo orientado a ayudar y a avanzar. Ese gesto de confianza lo agradezco profundamente. No necesito más adjetivos. Me bastan dos palabras: gracias y responsabilidad.

Porque todo se reduce a eso: responsabilidad. Saber que cualquier texto, presentación o recurso puede llegar a alguien que necesita claridad. Y si algo me ha enseñado la IA, es a honrar esa responsabilidad de otra manera. No como quien pretende saberlo todo, sino como quien comprende que ahora disponemos de una ayuda adicional para llegar mejor y más rápido. El mérito no está en la herramienta; está en dónde la apoyamos.

A veces evoco aquella primera tarde del logo y sonrío. Me parecía un juego. Hoy entiendo que aquel juego ocultaba una pregunta mucho más profunda: "Si una máquina puede organizar tu caos en segundos, ¿qué harás tú con ese orden?". La respuesta que me doy diariamente es: decidir mejor. Decidir con serenidad y criterio. Decidir pensando en la persona al otro lado. Decidir respetando las líneas que no se deben cruzar.

He afirmado muchas veces que la IA tiene un potencial transformador aún mayor que la revolución de internet. Lo creo sinceramente. No porque reemplace lo humano, sino porque nos obliga a repensar lo fundamental: cómo trabajamos, aprendemos y tomamos decisiones. Internet nos conectó. La IA nos está enseñando a pensar con herramientas. No es un atajo. Es una palanca. Y como toda palanca, su fuerza depende del punto de apoyo. Si la basamos en el rigor, la claridad y el respeto, mueve montañas. Si la apoyamos en la prisa o la vanidad, apenas levanta polvo.

¿Qué cambia en la práctica? Que comenzamos antes. Empezar antes significa equivocarnos antes y a menor costo, para llegar mejor al resultado final. Significa que ya no gastamos nuestras mejores horas frente a un documento en blanco, sino en decidir qué merece incluirse. Significa que, en lugar de luchar con un párrafo difícil, pedimos un borrador y nos concentramos en refinarlo. Significa que dejamos de confundir esfuerzo con valor y entendemos que el valor está en lo que realmente ayuda.

También cambia nuestra relación con el tiempo. La IA no regala horas de descanso, pero devuelve momentos de calma. Permite respirar en medio del día para preguntarse: "¿Lo que estoy haciendo es realmente útil?". Este gesto, tan simple, tiene consecuencias enormes. Un día con menos ruido es un día con más cuidado.

Si imagino el futuro, no veo ciencia ficción. Veo herramientas discretas integradas en nuestro trabajo sin llamar la atención. Veo textos más claros, materiales más accesibles, mensajes mejor adaptados a quien los necesita. Veo menos fricción y más sentido común. Veo equipos que, gradualmente, pierden el miedo y ganan criterio. Y me veo volviendo constantemente a la misma idea: la IA no es la protagonista; es la mesa de trabajo despejada que permite que el trabajo importante suceda.

Desearía que quien lea estas líneas se quedara con una combinación específica de asombro y calma. Asombro, porque lo que presenciamos en tan poco tiempo es verdaderamente extraordinario: tareas que tomaban horas ahora requieren minutos; búsquedas interminables se convierten en resúmenes precisos; dudas dispersas encuentran estructura. Calma, porque no necesitamos perseguir cada novedad ni convertir esto en una competición de trucos. Necesitamos usar bien lo que ya tenemos, con sensatez y respeto.

Si algo he aprendido desde mis días en la farmacia hasta hoy es que la proximidad sigue siendo nuestra brújula. Antes era una persona frente a mí. Hoy pueden ser equipos completos o audiencias distantes. Cambia el formato, no la esencia. La IA, bien utilizada, acerca. Acerca la información a quien la necesita. Acerca la decisión a quien debe tomarla. Acerca la ciencia a la vida cotidiana. Cuando esto sucede, nadie aplaude a la herramienta. Aplauden a la claridad. Y para mí, eso es suficiente.

Concluyo como empecé: con una escena sencilla. Una pantalla en blanco, nuevamente. Un tema complejo que genera desgana. Tecla, frase, borrador. Respiro. Destaco lo importante, elimino lo superfluo, añado lo que faltaba. Siento que el día, momentáneamente, se ordena. Y recuerdo por qué creo que esta revolución vale la pena: cuando la IA cumple su función, lo humano se manifiesta mejor. Escuchar, decidir, cuidar. Ahí está la esencia. Y es precisamente ahí donde, con esta nueva palanca, podemos lograr más y mejor.

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