
En Madrid, en un edificio histórico, la Fundación Telefónica, entre paredes que han presenciado los primeros pasos de la comunicación en España, hace unos días, desde Santen, quisimos acercar la inteligencia artificial al mundo de los especialistas en oftalmología.
Queríamos hablar de IA de tú a tú, desde una mirada humana. Y para lograrlo, le dimos un rostro. Y le dimos nombre, Shin, para dejar de verla como una máquina lejana y convertirla en alguien con quien conversar.
En japonés, lengua madre de la farmacéutica, Shin significa “progresar”. Y eso era exactamente lo que queríamos provocar: una conversación sobre el progreso y su aplicación en la práctica clínica para el beneficio del personal sanitario y pacientes.
Progresar es lo que deseamos: como personas, como profesionales, como sociedad. Y en el evento SHINTEN, Shin fue la protagonista que buscaba no asustar, sino inspirar e implicar. Sin sustituir, sino acompañar a los asistentes.
Esa experiencia me dejó pensando; en esta ocasión los destinatarios eran médicos especialistas en oftalmología, pero la conversación sobre la IA atraviesa todos los sectores. En recursos humanos vemos como cada vez más personas se preguntan si un día su trabajo será reemplazado por una máquina. La inquietud existe. Lo hemos escuchado en reuniones, lo vemos en encuestas internas y en foros externos. Pero también están las personas que ya no pueden imaginarse un día sin su asistente virtual, quienes personalizan su IA y la consideran su aliada en lo profesional como en lo personal.
Entonces, ¿de qué depende que una persona vea la IA como amenaza o como compañera de viaje? La respuesta no es tan simple como decir que depende del sector o de la edad. Lo vemos constantemente: hay millenials llenos de recelo y veteranos que la integran con entusiasmo. Y tampoco se trata solo de habilidades técnicas.
He visto profesionales relativamente jóvenes sentirse desplazados por una IA que redacta informes, y directivos y directivas con más de 30 años de carrera bautizar con apodos cariñosos a su asistente virtual y usar prompts excelentes creados por ellos mismos.
Entonces, una vez más, la pregunta: ¿de qué depende? Mi conclusión personal y empírica, desde mi día a día en recursos humanos, es que la diferencia tiene que ver con el sentido del trabajo y con el trabajo con sentido.
Cuando nos sentimos parte del cambio, cuando entendemos el para qué y el cómo, la dirección, el contexto, tendemos a abrazar la innovación. Cuando sentimos que todo viene dado desde arriba, sin explicación ni formación, somos más propensos al miedo.
Y, por otra parte, si sentimos que nuestro valor profesional se limita a tareas repetitivas, la IA sí nos amenaza. Pero si sabemos que nuestro verdadero valor está en el criterio, la empatía, la intuición, la toma de decisiones, entonces la IA simplemente nos potencia.
Como siempre, como todo, lo que nos contamos a nosotros mismos también tiene mucho peso: algunas personas viven rodeadas de discursos apocalípticos: “nos van a sustituir y el 50% de nosotros no estará aquí en 5 años”, “esto es el fin de nuestra profesión”. Otros deciden escribir una historia diferente: “esto me libera”, “esto me amplifica”, “esto me permite llegar más lejos”.
Shin entonces es un espejo, como probablemente diría el escritor japonés Yoshinori Noguchi, creador de la Ley del Espejo: aquello que nos molesta, incomoda o impacta en los demás (en la IA en este caso), en realidad, no es más que el reflejo de un miedo que vive en nosotros.
Shin refleja nuestros miedos, pero también nuestras posibilidades. Porque cuando entendemos que nuestro valor está en lo que solo el ser humano puede ofrecer, la inteligencia artificial no es el fin de nuestra profesión, sino el principio de una nueva etapa.
Y eso, como profesional de recursos humanos, me hizo pensar en qué estamos haciendo para acompañar estas emociones. No creo sea suficiente tan sólo formar al personal de una organización en el buen uso de esta herramienta; creo que se necesita espacio donde hablar de cómo gestionamos las emociones que aparecen cuando sentimos que algo está cambiando y de cómo ayudamos a cada profesional a reencontrar el valor únicamente humano de su trabajo.
Ponerle nombre a lo desconocido lo hace más cercano, por eso lo hicimos con Shin. Shin es una IA. Pero también es una voz suave, una imagen cálida, amable. Una guía, no un reemplazo. Una posibilidad de armonizar y expandir tecnología, propósito y humanidad. Y eso es el sentido profundo de Shin-ten.